OPINIÓN | Félix Llerena: el activista que más divide que une al exilio cubano


Félix Llerena acumula más de 150,000 seguidores en redes sociales y se presenta como activista del exilio cubano. Sin embargo, su patrón de conducta —atacar a los opositores más visibles, defender al Partido Demócrata y oponerse a la anexión de Cuba— genera preguntas legítimas sobre a quién beneficia realmente su activismo.
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Hay figuras en el exilio cubano que generan más preguntas que certezas. Félix Llerena Yuniel López es una de ellas.
Nacido en Encrucijada, Villa Clara, en 1996, Llerena llegó a los titulares en 2017 cuando fue expulsado de la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona en La Habana, donde cursaba —dato que él mismo ha reconocido públicamente— la carrera de Marxismo-Leninismo e Historia. La Seguridad del Estado lo interrogó a su regreso de una gira por Miami y Washington, y Radio Martí cubrió su caso como el de un joven disidente perseguido. Poco después se exilió en Houston, Texas, donde reside actualmente.
Hasta ahí, la historia de un opositor más que huye de la dictadura. El problema no es de dónde viene Llerena. El problema es hacia dónde apunta.
Desde sus plataformas en X (Twitter) —donde acumula más de 72,000 seguidores— y Facebook —con cerca de 87,000 seguidores—, Llerena ha construido una marca personal basada, en buena medida, en el enfrentamiento con figuras que el exilio mayoritariamente respeta. Sus críticas a Alex Otaola, a Rosa María Payá y a José Daniel Ferrer son recurrentes y, según muchos de sus seguidores, desproporcionadas.
Otaola, que tiene casi medio millón de suscriptores en YouTube y es una de las voces más escuchadas del exilio, le ha dedicado segmentos enteros de su programa. Payá, hija del mártir Oswaldo Payá, es una de las activistas cubanas con mayor proyección internacional. Ferrer lleva años preso, torturado y resistiendo dentro de la isla. Atacar a estas figuras desde la comodidad de Houston no es oposición: es ruido.
Quizás el punto más polémico del activismo de Llerena sea su relación con la política estadounidense. En entrevistas y publicaciones, Llerena se ha mostrado consistentemente más cercano al Partido Demócrata que al Republicano, en un momento histórico en que la comunidad cubana —por razones que tienen que ver directamente con quién presiona más al régimen— se ha desplazado masivamente hacia el voto republicano.
No es que apoyar al Partido Demócrata sea en sí mismo una traición a Cuba. Es que hacerlo mientras ese partido mantuvo durante años políticas de acercamiento al régimen —desde el deshielo de Obama hasta la relajación de sanciones bajo Biden— exige, al menos, una explicación coherente que Llerena no siempre ha ofrecido. Su campaña abierta contra Donald Trump durante las elecciones de 2024, en un contexto en que la administración Trump era la que más presión ejercía sobre La Habana mediante sanciones, designaciones y restricciones financieras, generó una pregunta legítima entre muchos cubanos: ¿a quién beneficia ese activismo?
Otro punto de fricción significativo entre Llerena y amplios sectores del exilio es su postura contra la posibilidad de una anexión de Cuba a los Estados Unidos. Mientras que muchos cubanos en el exterior —especialmente los más jóvenes y los que han visto de cerca el fracaso del modelo socialista— consideran que la anexión representaría la vía más rápida y efectiva para reconstruir la isla, modernizar su infraestructura, garantizar derechos civiles plenos y mejorar las condiciones de vida del pueblo cubano, Llerena se ha opuesto públicamente a esta idea.
El argumento de quienes apoyan la anexión no es sentimental: es pragmático. Puerto Rico, con todos sus problemas, tiene un nivel de vida incomparablemente superior al de Cuba. La integración al sistema legal, económico y de protección social estadounidense podría transformar a Cuba en una generación, algo que ningún gobierno independiente post-castrista podría garantizar en el corto plazo dado el estado de destrucción en que el régimen ha dejado al país.
Oponerse a explorar esa posibilidad sin ofrecer una alternativa concreta y viable no es defender la soberanía cubana: es defender el statu quo que mantiene al pueblo cubano en la miseria. Y ese statu quo tiene un nombre: la dictadura.
No existen pruebas de que Félix Llerena sea un agente del régimen. Sería irresponsable afirmarlo. Fue, de hecho, perseguido por la Seguridad del Estado y expulsado de su universidad. Eso no se inventa.
Pero el activismo político no se juzga solo por el pasado. Se juzga por sus efectos presentes. Y el efecto práctico del accionar de Llerena —atacar a los opositores más visibles, cuestionar a la administración que más presionaba al régimen, oponerse a alternativas que podrían acelerar la liberación de Cuba, fragmentar en lugar de unir— termina siendo funcional a los intereses de la dictadura, independientemente de cuál sea su intención.
El exilio cubano tiene el derecho y la obligación de señalar estas contradicciones. No para silenciar voces disidentes internas —eso lo hace el castrismo—, sino porque la causa de la libertad de Cuba no puede permitirse el lujo de perder energía en guerras fratricidas mientras el régimen sigue en pie.
Félix Llerena tiene 29 años, una plataforma considerable y una historia personal que merece respeto. Lo que no merece respeto es usar esa plataforma para debilitar a quienes sí están empujando hacia un cambio real.
La pregunta que el propio Llerena debería responder —no sus críticos— es simple: ¿a quién ayuda más tu activismo, a los cubanos que sufren en la isla o al régimen que los oprime?
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Autor
Periodista y colaborador de Cuba, la libertad avanza, medio independiente dedicado a informar sobre la realidad cubana con rigor y compromiso con la libertad.

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Publicado el 5 de abril de 2026 por Redacción Cuba, la Libertad Avanza