El diálogo de Obama o la fuerza de Trump: ¿cuál política exterior funcionó mejor para frenar conflictos?


Un análisis comparado de dos doctrinas opuestas: la diplomacia cautelosa de Obama, que dejó vacíos aprovechados por el ISIS y la expansión iraní, frente a la presión máxima de Trump, que destruyó el califato y forjó los Acuerdos de Abraham. Los hechos hablan por sí solos.
Cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca en enero de 2009, prometió algo que resonó en todo el mundo: poner fin a las guerras. Cuando Donald Trump tomó posesión ocho años después, prometió exactamente lo mismo, pero con una filosofía radicalmente distinta. Uno apostó por el diálogo, el multilateralismo y la retirada gradual. El otro apostó por la fuerza, la presión máxima y los acuerdos directos. Hoy, con perspectiva histórica, podemos preguntarnos: ¿cuál de los dos enfoques produjo resultados más concretos para la estabilidad global?
Este análisis no pretende ser un juicio moral sobre ninguno de los dos presidentes. Se basa en hechos verificables, en conflictos documentados y en resultados medibles. La pregunta es legítima y necesaria, especialmente para quienes en Cuba y en el exilio han vivido en carne propia las consecuencias de las políticas exteriores de Washington.
La política exterior de Obama estuvo guiada por una frase que sus propios asesores resumieron como "don't do stupid stuff" (no hagas tonterías). Era una reacción comprensible al desastre de la invasión de Irak bajo George W. Bush. Pero la cautela, llevada al extremo, tuvo consecuencias que pocos anticiparon.
En diciembre de 2011, Obama completó la retirada de las tropas de combate estadounidenses de Irak, cumpliendo una promesa electoral. El gesto fue aplaudido en casa. Pero en el terreno, el vacío de poder que dejó fue aprovechado con rapidez brutal por una organización que entonces apenas era conocida: el Estado Islámico, también llamado ISIS o Daesh. En junio de 2014, ese grupo tomó Mosul —la segunda ciudad más grande de Irak— en cuestión de días, declaró un califato que abarcaba territorios de Irak y Siria, y comenzó una campaña de terror que incluyó ejecuciones masivas, esclavitud sexual y atentados en Europa. Obama se vio obligado a reintervenir militarmente, pero el daño ya estaba hecho.
El caso de Libia es aún más ilustrativo. En 2011, Obama autorizó una campaña aérea de la OTAN para proteger a civiles durante la revuelta contra Muamar Gaddafi. La operación derrocó al dictador. Pero sin un plan de reconstrucción post-intervención —lo que en jerga militar se llama "el día después"— Libia se convirtió en un Estado fallido, dividido entre milicias rivales, con filiales del ISIS operando libremente y convirtiéndose en la principal puerta de entrada para la migración irregular hacia Europa. El propio Obama, en una entrevista con la revista The Atlantic en 2016, reconoció que la falta de planificación posterior fue "el peor error" de su presidencia.
Pero quizás el episodio más simbólico de la era Obama fue la llamada "línea roja" en Siria. En agosto de 2012, Obama advirtió públicamente que el uso de armas químicas por parte del régimen de Bashar al-Assad sería una "línea roja" con "enormes consecuencias". En agosto de 2013, Assad utilizó gas sarín en el barrio de Ghouta, matando a cientos de civiles, incluidos niños. Obama no atacó. Optó por un acuerdo diplomático con Rusia para destruir el arsenal químico sirio —un acuerdo que, como se demostró después, fue parcialmente incumplido. El mensaje que recibieron Moscú, Teherán y Pyongyang fue claro: las amenazas de Washington podían ignorarse.
El balance del período Obama en materia de conflictos armados es paradójico: el presidente que prometió acabar con las guerras terminó siendo el primero en gobernar durante ocho años consecutivos de guerra continua para Estados Unidos, con operaciones activas en al menos siete países —Afganistán, Irak, Siria, Libia, Yemen, Somalia y Pakistán— principalmente mediante drones y ataques aéreos. Una forma de guerra que no resolvía los conflictos de fondo, sino que los gestionaba a distancia.
Donald Trump llegó al poder con una filosofía que él mismo resumió en tres palabras: peace through strength (paz a través de la fuerza). La idea no era nueva —la había popularizado Ronald Reagan— pero Trump la aplicó con una intensidad que sorprendió a aliados y adversarios por igual.
El primer gran resultado fue la derrota del califato del ISIS. Trump delegó mayor autoridad operativa a los comandantes militares sobre el terreno, aceleró el ritmo de las operaciones y eliminó muchas de las restricciones de combate que habían frenado la campaña bajo Obama. El resultado fue espectacular: en octubre de 2017 cayó Raqqa, la capital autoproclamada del califato. Para marzo de 2019, el último bastión territorial del ISIS en Baghouz fue eliminado. En octubre de ese mismo año, una operación de fuerzas especiales estadounidenses mató a Abu Bakr al-Baghdadi, el líder máximo del grupo. El califato que había aterrorizado a Oriente Medio y Europa durante cinco años había sido destruido en menos de tres años de mandato Trump.
En Siria, Trump demostró que las líneas rojas podían cumplirse. Cuando Assad volvió a usar armas químicas en abril de 2017 —en Jan Sheijún— Trump ordenó un ataque con misiles Tomahawk contra la base aérea siria de Shayrat en menos de 72 horas. No hubo deliberaciones interminables ni consultas al Congreso. El mensaje fue recibido. Cuando Assad repitió el ataque químico en Duma en 2018, Trump volvió a responder con strikes coordinados junto a Francia y el Reino Unido. La "línea roja" dejó de ser una metáfora.
El episodio más audaz fue el asesinato del general iraní Qasem Soleimani en enero de 2020. Soleimani era el arquitecto de la expansión militar iraní en Irak, Siria, Líbano y Yemen; el hombre responsable de la muerte de cientos de soldados estadounidenses mediante el suministro de artefactos explosivos improvisados a milicias chiítas. Trump ordenó su eliminación mediante un drone en el aeropuerto de Bagdad. Irán respondió con misiles balísticos contra bases estadounidenses en Irak —sin causar bajas mortales— y luego se contuvo. No hubo guerra abierta. La disuasión funcionó.
Pero el logro más histórico de la política exterior de Trump no fue militar, sino diplomático: los Acuerdos de Abraham. En septiembre de 2020, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin normalizaron sus relaciones con Israel, rompiendo décadas de aislamiento árabe-israelí. En los meses siguientes, Sudán y Marruecos se sumaron. Estos acuerdos, impensables bajo las reglas del juego diplomático tradicional, fueron posibles en parte porque la presión de Trump sobre Irán —el enemigo común de Israel y los Estados del Golfo— creó incentivos para la cooperación. También se logró un acuerdo económico entre Kosovo y Serbia, dos países con una historia de conflicto reciente.
Un análisis comparado honesto debe reconocer las complejidades de cada período. Obama heredó dos guerras activas —Irak y Afganistán— y operó en un contexto de Primavera Árabe que desestabilizó toda una región. Trump heredó esas mismas guerras más el caos del ISIS y la expansión iraní.
Lo que los hechos muestran es lo siguiente:
| Indicador | Obama (2009-2017) | Trump (2017-2021) |
|---|---|---|
| Nuevas guerras iniciadas | Libia (2011), reintervención en Irak/Siria (2014) | Ninguna |
| Califato del ISIS | Surgió y se expandió (2013-2016) | Destruido territorialmente (2019) |
| Líneas rojas cumplidas | No (Siria 2013) | Sí (Siria 2017, 2018) |
| Acuerdos de paz regionales | Acuerdo nuclear con Irán (JCPOA, 2015) | Acuerdos de Abraham (2020): 4 países |
| Líderes terroristas eliminados | Bin Laden (2011) | Al-Baghdadi (2019), Soleimani (2020) |
| Presencia militar en conflictos | 7 países con operaciones activas | Reducción gradual de tropas en Siria e Irak |
El acuerdo nuclear con Irán (JCPOA), el gran logro diplomático de Obama, merece una mención especial. Sus defensores argumentan que frenó el programa nuclear iraní durante años. Sus críticos señalan que no abordó el programa de misiles balísticos de Irán, ni su financiamiento a grupos terroristas como Hezbolá y Hamas, y que liberó decenas de miles de millones de dólares en activos congelados que Teherán usó para expandir su influencia regional. Trump abandonó el acuerdo en 2018 y reimplantó sanciones máximas que redujeron los ingresos petroleros iraníes en más del 80%.
Para los cubanos, este debate tiene una dimensión muy personal. Obama fue el presidente que en diciembre de 2014 anunció el restablecimiento de relaciones diplomáticas con el régimen de La Habana, levantó algunas restricciones de viaje y comercio, y visitó Cuba en marzo de 2016 —la primera visita de un presidente estadounidense en casi 90 años. La apuesta era que el diálogo y el compromiso económico acelerarían la apertura política. El resultado fue el contrario: el régimen utilizó la normalización para legitimarse internacionalmente sin hacer ninguna concesión real en materia de derechos humanos.
Trump revirtió gran parte de esa política, reimponiendo restricciones y designando a Cuba como Estado patrocinador del terrorismo en sus últimos días en el poder —una designación que Biden levantó y Trump volvió a imponer en su segundo mandato. La pregunta que muchos cubanos en el exilio se hacen es la misma que este artículo plantea a escala global: ¿qué funciona mejor con una dictadura, el diálogo o la presión?
La historia de la política exterior estadounidense entre 2009 y 2021 ofrece una lección que incomoda a muchos, pero que los hechos respaldan: la percepción de debilidad invita a la agresión. Cuando Obama no cumplió su línea roja en Siria, Putin tomó nota y anexó Crimea meses después. Cuando Obama retiró tropas de Irak sin consolidar la estabilidad, el ISIS llenó el vacío. Cuando Trump demostró voluntad de usar la fuerza —en Siria, contra Soleimani, contra el ISIS— los adversarios recalcularon.
Esto no significa que la fuerza sea siempre la respuesta correcta, ni que la diplomacia carezca de valor. Significa que la diplomacia sin respaldo de fuerza creíble rara vez produce resultados duraderos con actores que no respetan otra cosa que el poder. Los Acuerdos de Abraham no se firmaron porque Trump era amable. Se firmaron porque los países del Golfo percibieron que Estados Unidos era un aliado confiable y que Irán —su enemigo común— estaba siendo contenido.
Para Cuba, para Venezuela, para Nicaragua, la lección es la misma. Las dictaduras no negocian su propia desaparición. Ceden cuando el costo de no ceder supera el costo de ceder. Y ese cálculo solo cambia cuando hay presión real sobre la mesa.
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Periodista y colaborador de Cuba, la libertad avanza, medio independiente dedicado a informar sobre la realidad cubana con rigor y compromiso con la libertad.

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Publicado el 11 de abril de 2026 por Redacción Cuba, la Libertad Avanza